Festejando lo efímero. Celebrando lo eterno. Concierto de Carnaval de la BOS

El carnaval, con su perfil transgresor, busca la manera de saltarse las reglas, lindando siempre con el lado prohibido y haciendo gala, con sus máscaras, de las posibilidades inabarcables de ser otro. Con su “todo es ahora”, con su “nada es eterno”, se asoma al juego permanente, al continuo alborozo, a la ausencia de límites… En carnaval, la vida es fiesta.

Y a una celebración musical nos conduce el programa que esta semana hará sonar la Orquesta Sinfónica de Bilbao y la violinista Leticia Moreno, dirigidos todos por Eduardo Portal. La cita es en el Auditorio del Palacio Euskalduna, los días 4 y 5 de febrero, a las 19:30 hs. El viernes, día 5, a partir de las 18:30, en la Sala B Terraza, tendré el placer de comentar la música que interpretarán, en una charla de acceso libre con la entrada al concierto.

El programa se inicia con la Obertura de El murciélago, concebida por Johann Strauss, hijo en 1874.

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Johann Strauss (Viena, 1825-Viena, 1899)

 

En esta Obertura se adelanta la atmósfera de fiesta, enredos, affaires y bailes que emana de un vodevil de los franceses Meilhac y Halévy, refundido en el libreto de Haffner y Genée, rebosante de ingenio y humor. La música incorpora a este texto espléndido el color sonoro, reforzando su energía y su felicidad vital.

En este enlace podemos escuchar la versión de la Orquesta Filarmónica de Viena dirigida por Karl Böhm:

https://www.youtube.com/watch?v=os2SQLWxlcI

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La ilusión se prolongará con una composición de Camille Saint-Saëns.

 

Saint-Saëns

Camille Saint-Saëns (París, 1835-Argel, 1921)

 

La Introducción y Rondó caprichoso para violín y orquesta Op 28 es una obra inspirada -como tantas otras decimonónicas- por el culto a la interpretación virtuosística, que buscaba tanto aumentar los retos para los solistas, como satisfacer el deseo de sensaciones musicales del público. Esta fue escrita en 1863 para el inigualable Pablo Sarasate, que adoraba su combinación de romance y danza, su toque exótico y su bravura.

En este enlace escuchamos a Janine Jansen y la Filarmónica de Berlin, dirigidos por Neeme Järvi, en este atractivo escenario, en plena Naturaleza (¡qué planazo!):

https://www.youtube.com/watch?v=OYFgN0Vkdpo

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Y enlazando lirismo y rusticidad, Franz von Suppé escribió en 1846 la tercera obra de la tarde.

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Franz von Suppé (Spalato-Dalmacia, 1819-Viena, 1895)

 

Poeta y aldeano es una comedia en tres actos cuya Obertura es una de las más conocidas del autor en las que el discurso bascula entre dos elementos muy del gusto del teatro romántico: la languidez desfallecida –lo que entonces representaba “lo femenino” de buen tono- y la bravura y audacia -que se suponía a la nobleza “masculina” de rigor. Podemos escuchar la versión de Sir Georg Solti dirigiendo a la Orquesta Sinfónica des Bayerischen Rundfunks:

https://www.youtube.com/watch?v=POJY5DlZTaw

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Y el regocijo continúa más alborozado, si cabe, en la música que Antonin Dvořák escribió en 1891.

 

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Antonin Dvořák (Nelahozeves, República Checa, 1841-Praga, 1904)

 

La Obertura Carnaval Op 92 forma parte de una trilogía llamada originalmente Naturaleza, Vida y Amor, simbolizando tres situaciones distintas: la felicidad humana en comunión con la Naturaleza, la alegría de vivir y el poder del amor para producir dicha o desgracia. El Carnaval forma parte de la Vida y en él, en un milagro de creatividad innata y de talento para organizar su pensamiento musical, el autor permite que se unan la viveza de los ritmos propios de Bohemia, con la delicadeza de unas melodías hermosas y plenas; y lo hace con la naturalidad que caracterizó su vida y su obra. Aquí podemos escuchar la excelente interpretación que hace de la pieza otro bohemio, Rafael Kubelik, dirigiendo a la Bavarian Radio Symphony Orchestra:

https://www.youtube.com/watch?v=qYMpt5Lg3cw

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Seguirá el pensamiento sonoro de Maurice Ravel.

 

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Maurice Ravel (Ciboure, 1875-Paris, 1937)

 

En Tzigane la música respira a través del violín solista, en una larga cadencia que atrapa en la partitura el sonido que surge de la improvisación. De claro sabor rapsódico, la obra nació inspirada por una serie de melodías zíngaras que la violinista húngara Jelly d’Aranyi interpretó para él. Ravel la había conocido en Londres en 1922 y a ella está dedicada la obra. El carácter nostálgico y, sobre todo, la manera de articular el sonido alla zingarese, motivaron al compositor a escribir la obra con el subtítulo Rapsodia de concierto.

Ravel, que como buen francés amaba la danza, quedó fascinado por la aparente libertad métrica de los sones gitanos y decidió explorarlos desde la exquisitez de sus maneras parisinas, por ello la obra no alcanza el purismo de la fuente de la que parte –ni lo pretende-, sino que alude al asombro que produce en el músico académico la audacia sonora, la pirueta musical y el talento en la ejecución de los músicos “de calle” (¿recuerdan al violinista gitano de la película “El concierto”?).

Aquí disfrutamos la particular versión de Patricia Kopatchinskaja (a quien hemos escuchado varias veces en Bilbao), con Jean Jacques Kantorow dirigiendo la Sinfonia Varsovia en la Folle Journée de Nantes de 2013 (qué poco queda para el Musika-Música 2016 bilbaíno…)

 

https://www.youtube.com/watch?v=w0ObgSKBqTQ

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La tarde de música se despedirá con un fin de fiesta que cierra, de forma brillante, un programa flanqueado por dos compositores (dos Strauss) que, pese a lo que pudiera suponerse, no están emparentados. Richard Strauss afirmaba que no podría haber compuesto los valses de El Caballero de la Rosa sin recordar al “riente genio de Viena”, en referencia al músico austriaco que lleva su mismo apellido.

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Richard Strauss (Munich, 1864-Garmisch-Partenkirchen, Baviera, 1949)

 

El Caballero de la Rosa fue, en un principio, la ópera que supuso la cumbre de la carrera de Richard Strauss en vísperas de la Primera Guerra Mundial. El triunfo internacional no habría sido posible sin la maestría del libretista, poeta y ensayista Hugo von Hofmannsthal y el buen entendimiento entre ambos (Strauss decía que habían nacido el uno para el otro).

La Suite, procedente de la obra escénica, data de 1945 y se presenta a nuestros oídos radiante, hermosa y excelentemente escrita, permitiendo a la orquesta mostrarse en su apogeo en los pasajes de conjunto y consiguiendo, además, que las voces de cada uno luzcan en su individualidad, mostrando sus mejores cualidades tímbricas y expresivas. En este enlace, se aprecia la sensualidad que emana de sus melodías largas y tensas o breves y deliberadamente superficiales –pero bellas-, y el espléndido derroche orquestal. La versión, de la estupenda y joven (¡oh Fortuna!) Gustav Mahler Jugendorchester, dirigida por Daniele Gatti, en uno de los siempre estupendos PROMS londinenses:

https://www.youtube.com/watch?v=p2LreBJ1JX0

 

La música también festeja la fugacidad carnavalesca, pero es eterna. Celébrenlo y disfruten.

 

 

 

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Richard Strauss

Hoy se cumplen ciento cincuenta años del nacimiento de Richard Strauss.

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Munich, 11 de Junio de 1864 – Garmisch-Baviera, 8 de Setiembre de 1949

 

De brillante discurso, fue uno de los compositores más divulgados de la primera mitad del siglo XX. Su padre era un virtuoso instrumentista de trompa que formaba parte de la orquesta de la corte de Baviera en la que fue coronado, el mismo año en que nació el compositor, un jovencísimo Luis II (tan perturbadoramente retratado por Visconti en su película Luis II de Baviera, el rey loco). Strauss creció en el seno de una familia de clase media, rodeado de música y educado en una línea antiwagneriana (su padre lo era) y tendente al clasicismo.

El genio asomó temprano en un niño que con cinco años tocaba el piano y el violín y con seis escribió sus primeras piezas para varios instrumentos y también para coro. Cuando tenía dieciséis años, su música fue interpretada por los mejores músicos de Munich y con dieciocho estrenó en Dresde su Serenata Op 7 y en Viena su Concierto para violín Op 8.

No es de extrañar, pues, que produjera tan temprano una obra maestra: Don Juan Op 20 (1988). El hecho de que siga manteniéndose en el repertorio de las orquestas y conmoviendo y fascinando a los oyentes de hoy, puede ser debido a la autenticidad de su origen y la veracidad en su concepción.

En los años en que Freud publicaba sus primeros escritos y ya elaboraba sus teorías sobre la sublimación como “desvío de las pulsiones”, un muchacho de diecinueve años se enamoraba perdidamente de Dora Wihan-Weis, esposa de su amigo el violonchelista Hanus Wihan, y cuatro años mayor que él. El jovencísimo Strauss estaba atormentado por su deseo hacia Dora, pero refrenaba sus pasiones por respeto a Wihan. Entró en un estado depresivo y salió de él al enterarse de que el matrimonio Wihan se estaba debilitando. Es difícil reconstruir los hechos exactos del apasionado romance entre Dora y Richard, puesto que ella pidió que se destruyeran todas las cartas de Strauss después de su muerte. Accidentalmente sobrevivieron tres y de este material, escaso y discreto, se desprende que nació un profundo amor entre ambos.

La importancia del romance con Dora fue que el compositor descubrió el deseo intenso, sobre el que cantó en Don Juan, lanzándose en busca de un tipo de expresión que se adaptara a su temperamento y encontrando su camino en el terreno de la música programática. Su meta era “desarrollar lo poético, lo expresivo que hay en la música, tal como lo ejemplifican las obras de Liszt, Wagner y Berlioz”. Dedicó así su talento a escribir poemas sinfónicos (“poemas sonoros” los llamaba él), intensamente descriptivos.

En esta ocasión se inspiró en un poema de Nikolaus Lenau (1802-1850) publicado en 1844 que da una versión del seductor en una vida de sensualidad carente de sentido. Cuando al final muere, se trata verdaderamente de una victoria porque por fin puede escapar de su vida tediosa y destructiva. En su búsqueda de la mujer ideal, el “héroe” se regodea virtualmente en todas las formas de la depravación. Cada seducción que logra termina por destruir a alguien o algo. Don Juan está profundamente perturbado por sus crueldades. El odio hacia sí mismo se combina con su frustración por el rechazo de su filosofía -la glorificación de cada momento que sucede. Su descontento le conduce a nuevas explotaciones y aventuras, poniendo cada vez menos atención en su propia vida. Hacia el final su mayor deseo es morir. Lenau trasmite las emociones de Don Juan a través de una serie de incidentes que Strauss traduce a la música: el poema tonal describe escenas de amor, un carnaval y el duelo final de Don Juan. Su moral súbitamente ha llegado a lo más bajo. Los fantasmas de sus tres antiguas amantes revolotean en su conciencia y alimentan su depresión.

Don Juan, Op 20 se estrenó en 1889 en Weimar, bajo la batuta de su jovencísimo creador, en lo que debió ser, tras el proceso de escritura de la obra, una verdadera catarsis. También es verdad que, con esa edad, le tocaba enamorarse apasionadamente, desear lo que no podía ser y explorar los caminos contrarios a los que le había señalado su padre.

Para quien quiera leer algo más de este Don Juan:

https://loscoloresdelamusica.wordpress.com/2014/05/05/una-buena-dosis-de-energia/

Y para quien quiera escucharlo en una excelente versión de Herbert von Karajan:

https://www.youtube.com/watch?v=CcBGsjPky0c

 

El joven compositor había encontrado su camino y continuó su trayectoria por él, inclinándose sobre todo por la vertiente dionisiaca del arte, en la dicotomía que generan Apolo y Dionisio y que era tan atractivo para los filósofos y creadores alemanes a finales del siglo XIX y principios del XX.

Apolo es considerado el dios de la música, en cuanto expresión de la armonía cósmica de las esferas. Dionisio y su cortejo hacen exaltación de los aspectos más vitales y salvajes de lo sonoro. Estos últimos son los anfitriones de Strauss en su Don Quijote Op 35. (1897), uno de los poemas sinfónicos que el autor escribió y que contribuyeron a hacer del conjunto orquestal un eficaz transmisor de historias complejas, contadas sin palabras.

El desenfreno y la exageración, se ponen al servicio de un expresionismo hiperromántico, con un colorido orquestal vibrante y apoteósico. Y Dionisio y su comitiva se presentan encarnados en Don Quijote, Sancho Panza y todos los personajes que pueblan la partitura. La obra supone una serie ininterrumpida de transformaciones temáticas, en un solo movimiento, puestas al servicio de la narración de lo que acontece al desdichado hidalgo, a partir de una serie de episodios seleccionados de la novela. Pero también se describe, y no en menor medida, su gradual desintegración mental, su sufrimiento psicológico y su enajenación progresiva hasta la brevísima y postrera vuelta a la razón, previa a su muerte serena y dócilmente asumida, llena de ternura y humanidad. El virtuosismo con que Strauss manipuló las posibilidades de la orquesta, asombró a sus contemporáneos y no ha dejado de seducir e impresionar a los oídos del siglo XXI, ya que su pensamiento, esencialmente orquestal, provoca la exuberancia en sus partituras, gracias a su extensa paleta de colores instrumentales y al fértil producto de sus mezclas atrevidas. En su deslumbrante estilo, las voces de todos se dejan oír con profusión, pero hay un lugar especialmente reservado para el violoncello (Don Quijote) y para la viola (Sancho Panza), La instrumentación supone una audaz apuesta musical que cuenta con un catálogo de efectos sonoros realistas al que deben mucho las bandas sonoras de las películas de animación. Así por ejemplo, en la Variación VII, una “máquina de viento” es incorporada y sus efectos se agregan a rápidas escalas cromáticas en los instrumentos de viento, para ilustrar el vuelo de Don Quijote y Sancho Panza (las notas más pesantes en los instrumentos graves describen que, en realidad, nunca lo consiguieron).

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Audacia en la propuesta y espectacularidad en la realización de un fresco imponente, espejo de la locura del personaje y de su progresivo deterioro, en el que los detalles líricos conmueven tanto como la osadía del conjunto épico. Este gran mosaico al servicio de un argumento extramusical, novelesco, fantástico y exagerado hasta la patología (tan del gusto de finales de siglo XIX) puede verse y escucharse en el siguiente reportaje. Mistislav Rostropovich, es Don Quijote y Seiji Ozawa lo dirige, junto a la Saito Kinen Orchestra.

 

Pero uno de los más conocidos poemas sinfónicos de Strauss es su Así habló Zarathustra Op 30 (1896) en el que, según adaptación libre del texto de Friedrich Nietzsche, el autor nos indica: “Mi intención es traducir en música una idea de la evolución de la raza humana desde sus orígenes, a través de diversas fases de su evolución, hasta la idea nietzscheana de superhombre”.

En este video el director venezolano Gustavo Dudamel, nos da su visión de la obra:

http://www.youtube.com/embed/CZy-zrfylyY?autoplay=1#fancy-iframe

 

Pero, además del género poema sinfónico, Strauss siempre estuvo interesado por la ópera. Para él la voz era “el instrumento más hermoso y el más difícil de tocar”. Empezó en el campo de la música vocal con obras en la estela wagneriana (de nuevo este chico desobediente…), pero enseguida el contexto alemán empapado de expresionismo, psicología y filosofía, salpicó la música teatral de Strauss.

Cuando en 1905 presentó a su amigo Gustav Mahler la Salomé que acababa de componer a partir del drama homónimo de Oscar Wilde, el músico bohemio quedó por completo hechizado y propuso a su autor estrenarla enseguida en Viena. Los censores frustraron sus deseos: bajo ningún concepto permitirían que la obra de un decadente dramaturgo irlandés, en la que una serie de personajes bíblicos cometían actos atroces, subiera a las tablas de la Ópera Imperial. Salomé acabaría estrenándose en Dresde en diciembre de aquel año. El escándalo acompañaría a la ópera en los primeros años de su exhibición por todo el mundo, pero el triunfo del compositor fue tan grande, que Strauss se hizo inmensamente rico y pudo contar durante años el juicio que su composición mereció al káiser Guillermo II: “Lamento que Strauss haya compuesto esta Salomé. Aprecio mucho a ese hombre, pero con esto se va a causar un perjuicio terrible”, para luego añadir entre risas: “Ese perjuicio me dio para construir mi villa de Garmisch”.

El lenguaje armónicamente avanzado de Salomé se retorció aún más en su siguiente ópera, Elektra (1909), que, basada en un drama de Hugo von Hofmannsthal, se acercó mediante la histeria al abismo de la atonalidad. “Éramos un conjunto de locas”, comentaría más tarde la contralto Ernestine Schumann-Heink refiriéndose a la noche del estreno, donde interpretó a Clitemnestra, “…la música misma enloquece. Strauss compone una hermosísima melodía durante cinco compases, y después lamenta haber escrito algo hermoso y aparece con una disonancia que estremece”.

En el siguiente enlace, una magnífica interpretación, en versión concierto, en los PROMS londinenses de 1993:

https://www.youtube.com/watch?v=GGnD-JkvWaA

 

El propio compositor pareció asustarse por el impacto de su creación, y su siguiente título para el teatro fue una comedia ambientada en la Viena del siglo XVIII, una obra de un exquisito refinamiento melancólico que apuntaba directamente al universo mozartiano. El caballero de la rosa (1911) tenía también un libreto de Hofmannsthal, quien se convertiría en colaborador del compositor hasta su muerte en 1929.

Abajo, un curioso aperitivo en versión italiana:

http://www.youtube.com/watch?v=2n7SI85-d3A

Y si alguien quiere asomarse a la Ópera de Viena para ver y escuchar:

https://www.youtube.com/watch?v=sD1-LVF3db4

 

Desde 1911, Strauss abandonó el primer plano de la modernidad musical para no volver jamás a él. Paso del “genio” con que empezó su carrera, al “talento” -lo que para el común de los mortales es algo inalcanzable hasta en sueños- representando a la vez el fin de toda una era estética, la del Romanticismo.

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Richard Strauss. Retrato de Max Liebermann

 

En lo que se refiere a lo cotidiano, y pese a todas estas inclinaciones al fulgor orquestal y al expresionismo psicológico, la vida de Strauss, felizmente casado y aburguesado, sin escándalos ni amoríos, era poco jugosa para sus contemporáneos, que no admitían muy bien que alguien tan famoso y bien pagado, pudiera disfrutar de las cosas sencillas que ofrece el día a día. Esto y el beneficio terapéutico que muchas personas sacan de criticar a otras (ya saben, lo que Freud llamaría “proyección” y el refranero español sintetiza en “ver la paja en el ojo ajeno”), quizá sean los motivos por los que tan habitualmente criticaran a Strauss: que si le gustaba mucho el dinero, que si no se posicionó contra los nazis…

Él decía que “el verdadero arte ennoblece cualquier sala y ganar dinero de una manera decente para tu mujer e hijo no es ninguna deshonra, ¡ni siquiera para un artista!” (hay que entender que los artistas también tienen que pagar la hipoteca, la compra en el supermercado…)

Respecto al asunto más oscuro de estos dos, lo cierto es que Strauss se dejó querer por el régimen nazi, aceptando el cargo de Presidente de la Cámara de Música del Reich en 1933, pero también cayó en desgracia cuando, al año siguiente, no consintió que el nombre de su libretista en la ópera La mujer silenciosa, el excelente escritor judío Stefan Zweig, se cayera del cartel que anunciaba la obra en Dresde. También tuvo problemas con el hecho de que la esposa de su hijo fuera de ascendencia hebrea. Probablemente esto le atemorizó de veras y cuando fue obligado a dimitir “por motivos de salud” y se prohibió la interpretación de sus obras, Strauss compuso el himno para los juegos olímpicos de Berlín en 1936, renunciando a sus honorarios y a sus derechos como autor.

Sin duda, no debió sentirse con ánimos para emigrar, como tantos otros hicieron, o para combatir más enérgicamente lo que después de la guerra calificaría como “el reinado de doce años de bestialidad, ignorancia y destrucción de la cultura por parte de los mayores criminales, durante el cual los dos mil años de la evolución cultural de Alemania llegaron a su fin”.

 

Nunca sabremos si su actitud ambigua estuvo motivada por debilidad y falta de realismo o por egoísmo e indiferencia. En cualquier caso, qué difícil es “ser humano” (y qué hermoso).

Disfruten de la música y de la condición humana. Lo primero siempre es posible; lo segundo, solo en los mejores casos.

 

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Una buena dosis de energía

Esta semana la Orquesta Sinfónica de Bilbao y los timbaleros Javier Eguillor y Julien Bourgueois, dirigidos por Günter Neuhold, expandirán por el auditorio del Palacio Euskalduna una buena dosis de energía.

El concierto tendrá lugar los próximos días 8 y 9 de Mayo. El viernes 9, entre las 18:30 y las 19:30, en la sala B1 del Palacio Euskalduna, comentaré las obras programadas, en una charla de acceso libre con la entrada al concierto.

La velada se abrirá con la música de Beethoven, de quien hacíamos una breve semblanza el pasado 16 de Diciembre:

https://loscoloresdelamusica.wordpress.com/2013/12/16/ludwig-van-beethoven-felicidades-para-todos/

Beethoven hacia 1819     El compositor hacia 1919

Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770-Viena, 1827)

Su Sinfonía nº 8 en Fa mayor, Op. 93 fue escrita en tan solo cuatro meses e irradia una atmósfera de jovialidad, pese a haber sido abocetada en una larga estancia de Beethoven en los balnearios de Teplitz y Karlsbad -a causa de alguna de sus frecuentes afecciones- y concluida en Linz, a donde fue con el propósito de impedir que su hermano continuara su relación amorosa con Therese Obermeyer, a quien Beethoven llamaba despectivamente “la Reina de la Noche” (sin duda en referencia al malévolo personaje de La flauta mágica de Mozart). Este contexto adverso no contamina el desbordante buen humor de la composición.

La mayor parte de las ideas reflejan el vigor que sus contemporáneos percibieron en Beethoven –“un hombre de pequeña estatura dentro del cual se concentra el ánimo de veinte batallones”-; pero también hay espacio para la profundidad y la trascendencia; la elocuencia y la teatralidad que, en muchos momentos, ceden el paso cortésmente a temas de clara inspiración melódica y serena belleza, esa a la que Beethoven profesaba un amor sin límites.

La siguiente obra que escucharemos es de Philip Glass, compositor prolífico que ha escrito óperas, sinfonías, conciertos y música para el cine (la banda sonora que concibió para la película Las horas fue ganadora de un premio BAFTA). Colabora habitualmente con músicos de distintos estilos y culturas, así como con creadores de diversas manifestaciones artísticas, como teatro, pintura o poesía.

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Philip Glass (Baltimore, 1937)

Su lenguaje se basa, fundamentalmente, en estructuras repetitivas y en patrones sonoros aditivos. Su Concierto Fantasía para dos timbaleros y orquesta supone un reto para cualquier percusionista y también para las orquestas; de hecho, tras su estreno en Estados Unidos en 2000 por la American Symphony Orchestra, pocas veces se ha interpretado en Europa, salvo en Gran Bretaña o en París. Además, apenas existen composiciones para timbal como instrumento solista y ambas cosas hacen de este concierto un inusual espectáculo.

La obra tiene un cierto sabor cinematográfico, un trasfondo melódico y gran colorido tímbrico, que incluye un despampanante despliegue en la percusión. Uno de los percusionistas utiliza siete timbales en su interpretación y el otro, cinco.

Se puede ver en el siguiente video, en interpretación de los solistas que escucharemos en Bilbao esta semana. La Cadencia a partir del minuto 14:30.

http://www.youtube.com/watch?v=Lnw0IHgjE2E

Asombroso y estimulante.

Y cierra el concierto un espectacular poema sinfónico de Richard Strauss, de cuyo nacimiento se cumplen, el próximo 11 de Junio, 150 años.

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Richard Strauss (Munich, 1864-Garmisch-Baviera, 1949)

 

El poema sinfónico era un género recién creado en el periodo romántico en el que la orquesta, generalmente en un único movimiento, pone su versatilidad sonora y su colorido instrumental al servicio de un argumento, casi siempre de origen literario, aunque puede ser filosófico o nacionalista. Don Juan Op 20 es uno de los muchos que escribió Richard Strauss, con la maestría y brillantez orquestal que caracterizaron su lenguaje. Es, sin duda ninguna, una extraordinaria realización para un joven que cuando lo compuso tenía veinticuatro años y ya manifestaba un enorme talento natural y una madurez musical plena, aunque precoz. Narra musicalmente las aventuras y ansiedades de Don Juan, basándose libremente en el personaje del poeta alemán Nikolaus Lenau. Strauss indicó:

“Mi versión de Don Juan no es la de un hombre de ardorosa sangre que se dedica a perseguir a todas las mujeres. En realidad siente la nostalgia de la mujer en la que pueda hallar la encarnación perfecta del eterno femenino y en la que podrá poseer a todas las mujeres del Universo. No pudiendo hallar aquella en las mujeres que conquista, es presa de un gran hastío que lo lleva a su perdición”.

El compositor extrae de la orquesta un sinfín de efectos y matices, en un prodigio de variedad y excelencia. Las inspiradísimas melodías que se entrelazan en la partitura, caracterizan a las mujeres conquistadas por el seductor y entre los retratos sonoros encontramos a quienes fueron confiadas o tiernas, exquisitas o dolientes, pero todas ellas muy románticas. Y también nos fascinan las imágenes del protagonista en su prepotencia y pasión incontenibles, hasta que llegan las cenizas con el verso final:

“El fuego está consumido, el corazón frío y oscuro”.

Esta velada sinfónica no solo dejará satisfecho nuestro apetito melómano sino que, probablemente, volvamos a nuestras casas mucho más tonificados.

Salud y música para todos.