“Mi tiempo llegará”. La Sexta de Mahler

Llegó el tiempo de Mahler y llegó la tragedia a Europa. En los años en que Gustav Mahler escribía su Sexta Sinfonía, llamada también “Trágica”, en la Viena Imperial y Real de los Habsburgo, “un barniz de valses y de nata batida era el sobrehaz de una sociedad cabalgada por la desesperanza” (Janik y Toulmin en La Viena de Wittgenstein. Taurus, 1974).

La Orquesta Sinfónica de Bilbao, dirigida por Giancarlo Guerrero, nos ofrece los días 11 y 12 de febrero la oportunidad de escuchar este gran fresco en el que tiene cabida el universo interior de Mahler –“para mí, una sinfonía es un mundo”- y su contexto externo: la vieja Europa a poca distancia de convertirse en un polvorín.

Mahler

Gustav Mahler

Kaliště, Bohemia (actualmente República Checa), 7 de julio de 1860

Viena, 18 de mayo de 1911

 

El jueves día 11, a las 18:00 hs, en la sala B Terraza del Palacio Euskalduna, tendré el gusto de compartir con quien quiera acercarse, unos comentarios sobre el complejo mundo mahleriano y la hermosura de su música. El acceso a la charla es libre, con la entrada al concierto.

De momento, y a la espera de la escucha en vivo (siempre más atractiva, aunque no sea tan emblemática), aquí les dejo esta versión que de la Sexta hace el añorado Claudio Abaddo, en el exclusivo Festival de Lucerna:

https://www.youtube.com/watch?v=YsEo1PsSmbg

 

Alma Mahler decía de la Sexta que:

“Ninguna sinfonía de Gustav llega tan del fondo del corazón como ésta. Ambos lloramos juntos y sentimos la profundidad del significado de esta música. La Sexta es su sinfonía más personal y es, además, profética”

 

El segundo tema del Primer movimiento, es un retrato sonoro de Alma. Gustav se lo decía así a su entonces ya esposa:

“He intentado retratarte en un tema; no sé si lo habré logrado. Tendrás que aceptarlo”

 

Nosotros, aportábamos estas pinceladas sobre Alma:

https://loscoloresdelamusica.wordpress.com/tag/alma-schindler/

 

 

Y hace unos meses, recordábamos a Mahler con motivo del aniversario de su nacimiento:

https://loscoloresdelamusica.wordpress.com/2014/07/07/gustav-mahler/

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Como nosotros no somos Mahler, para nuestros oídos su Sexta es, una vez más, un gozoso descubrimiento. Disfruten.

 

 

 

Gustav Mahler

Hoy se cumplen 154 años del nacimiento del compositor y director de orquesta Gustav Mahler.

Mahler

Gustav Mahler. Kaliste (Bohemia) 7 de Julio de 1860 – Viena, 18 de Mayo de 1911

 

Hijo y nieto de judíos alemanes instalados desde principios del siglo XIX en la región de Bohemia (hoy República Checa), provenía de un grupo étnico racialmente marginado y que, habiendo perdido toda identificación con su herencia religiosa, procuraba arraigarse en la cultura austroalemana, con el fin de sentirse parte de ella.

Hombre de inteligencia inquieta y acosado por la duda perpetua, anhelaba la fe y la plenitud espiritual que la acompaña y sobre sus vivencias personales planeó siempre la sombra del antisemitismo, extendido como una mancha de aceite envenenado por la Europa del cambio de siglo. En relación a Mahler podemos leer este artículo publicado en 1905:

”En todo tiempo estos pequeños israelitas salamandras, que viven de la pasión y cuyos fuegos artificiales desarman a sus más irreductibles adversarios, son un verdadero peligro. Pero hoy, de buen grado o por la fuerza, seguramente más por la fuerza que de buen grado, acepto el genio de Mahler y rindo mis armas ante el poder de este brujo judío nietzscheano”.

Hay una anécdota impregnada de humor amargo que nos da cuenta de la situación que padeció Mahler: en una ocasión fue rechazado como aspirante a dirigir un teatro a causa de su “nariz judía” y cuando años después, a raíz de su creciente fama, dicho teatro le ofreció el cargo de director, Mahler envió este telegrama:

“Rechazo ofrecimiento. Stop. Nariz sin cambios”.

 

En Mayo de 1897, sin haber cumplido los 37 años, Gustav Mahler había debutado como director musical de la Ópera de la Corte (el puesto musical más importante del Imperio Austrohúngaro y uno de los más importantes de Europa) con una representación de Lohengrin. Para ello, en febrero de ese mismo año, se hizo bautizar en la fe católica. Viena era entonces la sede la Ópera de la Corte Imperial y una de las capitales del antisemitismo. Sin embargo su posición en dicho cargo no fue del todo cómoda ya que el burgomaestre de Viena durante esta etapa, Kart Lueger, era católico de confesión y antisemita de vocación.

enla öpera

Mahler en el vestíbulo de la Ópera de Viena

 

Como director, emprendió cambios sustanciales, cuyos resultados sirvieron de modelo para crear una verdadera escuela de dirección en todo el mundo musical: Mahler no admitía que una composición no fuera representada en su integridad; obligaba a que el mensaje del autor fuese transmitido tal como había sido escrito; no toleraba que se sacrificara la autenticidad de una obra a las modas del momento; exigía casi tiránicamente de cantantes e instrumentistas la mayor perfección posible; vetaba la entrada en la sala de los rezagados una vez comenzado el concierto o la representación; prohibía cualquier demostración de entusiasmo por parte de un cantante en el curso de una obra; multiplicaba los ensayos; imponía jornadas agotadoras de trabajo; eliminó la claque (cuerpo organizado de aplaudidores profesionales). ¡Qué lujo para la escucha!

dirigiendo

Estudio de Mahler dirigiendo. Hans Schliessmann,1902

 

Con este estilo de dirección, no pasaba un día sin que se produjera algún escándalo (que en ningún caso doblegó su voluntad) en el seno de la Ópera: dimisiones, quejas, cóleras, divismo ultrajado, sensibilidades heridas. Sin embargo, como siempre sucedía con Mahler, el resentimiento que inspiraba su actitud, enfrentándose a tantos egos lastimados, tenía otra faz: la fascinación que ejercía su personalidad cuando subía al podio era intensa, tal como apreciamos en una de tantas crónicas de la época:

“Este nigromante de frac mal cortado, este hombrecillo negro de labios delgados y afeitado, que tiene la fisonomía de un mal sacerdote, la calma fantástica del encantador de serpientes ante sus cobras y un mechón de crin en lo alto de un cráneo dolicocéfalo, pasma a una orquesta loca, pálida de atención, casi tan solo con sus ojos negros, agudos como lenguas de víbora y teniendo a raya, ora excitados, ora apaciguándolos, a los dragones desencadenados desde el extremo de la pequeña batuta. Me rebelo contra él, pero lo admiro”.

Rodin

Mahler. Auguste Rodin, 1909.

 

Sus diez años de mandato al frente de la Ópera Imperial hicieron historia. La condujo hacia una nueva fase de esplendor, en lo que supuso una edad de oro en la música vienesa. Enseñó a un público superficial a reverenciar a Mozart, Beethoven y Gluck y les hizo escuchar las versiones completas de las óperas de Wagner. Dio valor absoluto a la disciplina musical de la compañía, insistió en la integración de los elementos musicales y dramáticos y valoró la importancia de la colaboración con artistas visuales, encarnando la vanguardia en la transformación radical del repertorio y las técnicas de la ópera. Todo ello con un temperamento fogoso, una inquebrantable devoción a sus ideales estéticos y una voluntad inflexible.

Pretendió un mundo sonoro que requería romper con la pasividad al escuchar, hacer que la audición fuera un verdadero compromiso:

“¡La tradición es pereza! En toda representación la obra debe renacer nuevamente“.

nuevos aires

Mahler introduciendo nuevos aires en la Wiener Staatsoper. Caricatura de 1897

 

Pero sus pautas no iban solo dirigidas a los instrumentistas, sino también al público… de Viena.

al público

Frecuente mirada de Mahler al público tras subirse al podio. Caricatura de Hans Schliessmann

 

La Viena de Francisco José (emperador de Austria entre 1848 y 1916) fue una ciudad frívola, ambivalente y cruel, a la que amaron y odiaron muchos músicos, porque les ofrecía espléndidas oportunidades para los más elevados proyectos y, con la misma fuerza, presentaba una contumaz resistencia a su realización. Ciudad mundana, orgullosa del esplendor de una etiqueta temperada por la alegría de vivir. Una gran capital Imperial habitada por mujeres y hombres cultos, sofisticados y -en algunos casos- profundamente corruptos. Ciudad donde la prensa y los críticos de arte eran radicalmente destructivos y parciales. Una Viena dual en la que, como señala Stefan Zweig, el orgullo patriótico hacía mucho tiempo que no podía verse reflejado en el campo de batalla y buscaba su sustento en la supremacía artística. La relación con el arte medía la pertenencia social y económica de los austriacos con gran precisión. La capital del Imperio era la ciudad de los ensueños y apenas se encontraba en Europa un lugar en que la aspiración a la cultura fuera más apasionada que en Viena. Sin embargo también generaba la tasa de suicidios entre intelectuales más alta del continente. Esta ciudad albergaba una sociedad profundamente entregada al placer, al sentimiento estético y al goce intelectual, que bailaba (probablemente sin querer saberlo) sobre un volcán al borde de la erupción. Ciudad en la que convivían el espectacular crecimiento social y urbano y la miseria del suburbio. Viena de vals y opereta.

Viena

Ópera de Viena a principios del Siglo XX

 

Pero la lucha contra ese mundo de brillo externo y cimientos débiles, creó otra Viena, la de los artistas que, bajo la influencia de Nietzsche, se sintieron “huérfanos de lo absoluto” y “desencantados del mundo” e hicieron que el hiperromanticismo derivara en expresionismo…

Mahler mantuvo una relación ambivalente con la ciudad en la que desarrolló su espléndida carrera de director y que, al mismo tiempo, tantos sinsabores le causó. Como compositor, reflejó esta dualidad en su discurso: lo trascendente y lo trivial, el idealismo y el realismo, lo rebuscado y lo ingenuo, lo individual y lo colectivo, lo sublime y lo popular, lo alegre y lo dramático, la euforia y la depresión. El alma de Mahler se sublimó en la música. Viena se sublimó en Mahler.

El tercer movimiento de su Primera Sinfonía, Titán, hace convivir una marcha fúnebre elaborada a partir de una canción infantil –hay que estar francamente perturbado-, con el aroma de los bailes populares. Aquí en la versión de la Filarmónica de Los Ángeles dirigida por Gustavo Dudamel:

 

El legado de Mahler se fue recuperando en las orquestas de todo el mundo, tras el fin de la II Guerra Mundial y pertenece a un postromanticismo en que la agitación o el apaciguamiento de los sentimientos se habían hecho cada vez más subjetivos y el carácter exhibicionista había crecido a instancias de la emoción. Sus admiradores lo definen como un gran profeta cuyo espíritu perturbado se volcó en obras grandiosas. Sus detractores critican lo que consideran trivialidad, afectación y patetismo teatral.

 

Pero este ambiguo idioma mahleriano también tiene un origen psicológico, si creemos en las explicaciones del fundador del Psicoanálisis con quien Mahler mantuvo un fructífero encuentro en 1910.

Mahler-Freud

Mahler y Freud se encontraron en Leiden-Holanda el 26 de Agosto de 1910

 

Según el propio músico narró al doctor Freud, la mala relación entre sus padres, les hacía discutir frecuentemente. En una ocasión en que tuvo lugar una escena especialmente violenta entre ellos, el pequeño Gustav escapó de su casa. Al salir a la calle, un organillero tocaba la canción popular vienesa Ach du lieber Augustin. Según Mahler, la conjunción de tragedia y diversión ligera estuvieron, a partir de entonces, inevitablemente ligadas en su mente.

Otra de las “huellas psicológicas” imborrables en el alma de Mahler y que encuentran reflejo recurrente en su música es la muerte vinculada a la infancia. El músico tuvo que sufrir, siendo niño, el temprano fallecimiento de seis de sus once hermanos. Ya de adulto, conoció el dolor de ver morir a una de sus hijas a la edad de cinco años. Los temas vitales que siempre preocuparon a Mahler, están presentes en su obra: la infancia, lo popular, la Naturaleza, la muerte, lo militar –en un vasto imperio en el que había destacamentos militares en prácticamente todas las poblaciones- y lo trascendental.

con Putzi

Mahler acompañado por su hija Maria, “Putzi” ” (1902-1907). Viena, 1905

 

Los sentimientos y emociones que se materializan en un lenguaje muy personal en el que encontramos melodías de línea extensa e intenso lirismo, en ocasiones con saltos extravagantes; armonías ricas y expresivas, de cromatismo refinado y libertad tonal. Su gran sensibilidad hacia el color tímbrico se manifiesta en el cuidadoso tratamiento de la textura orquestal, alternando la claridad de líneas con momentos de gran densidad sonora. El buen manejo del contrapunto sinfónico y su agudo sentido rítmico contribuyen a esa expresividad tan intensa y manifiesta, tan rotunda como cambiante.

Desde el comienzo de su trayectoria como compositor, Mahler demostró un evidente dominio de la orquestación propiciado, en gran medida, por su profundo conocimiento de la orquesta sinfónica. Pero supo evolucionar desde el derrochador despliegue de recursos con que inicia su carrera hasta la claridad, refinamiento y sutileza en la utilización de timbres y texturas. De esta manera, es capaz de organizar agrupaciones instrumentales independientes dentro de la gran orquesta que son fuente de la abundancia y variedad de efectos sonoros.

instrumentos

Dios mío, he olvidado el claxon. Podré por tanto escribir una nueva sinfonía. (Viena, 1907)

 

Las fuentes productoras de sonido que atrajeron poderosamente su atención y vertebraron su obra fueron: la voz humana y la orquesta sinfónica. De ahí derivó que los géneros musicales en los que mostró su vena creativa fueran la sinfonía y los lieder.

 

Uno de los pilares fundamentales en su vida -y motivo de nuevas incertidumbres- fue Alma Schindler, a quien dedicamos una entrada con motivo de su “cumpleaños”:

https://loscoloresdelamusica.wordpress.com/tag/alma-schindler/

 

Mahler comenzó su Quinta Sinfonía en 1901, en un momento en que él mismo se valoró en plenitud de “técnica y poderes” y en la época en que conoció y se casó con Alma Schindler.

“No habrá en mi obra elementos románticos o místicos; será la expresión, simplemente, de un poder sin paralelo, de la actividad de un hombre a la luz del sol, que ha alcanzado su clímax vital”.

 

Está dividida en tres secciones y cinco movimientos.

El cuarto de ellos es un íntimo y contemplativo Adagietto. Está orquestado con gran delicadeza: sólo arpa y cuerdas, con intención de romanza de milagrosa sobriedad tímbrica y sentimiento profundo. ¿Un regalo de amor para Alma? Probablemente. Nosotros lo recibimos en la interpretación que en 1973 hizo Herbert von Karajan al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín:

Esta música se hizo célebre gracias a la película de Visconti Muerte en Venecia, basada en la novela homónima de Thomas Mann, escrita en 1911 a raíz de la muerte de Mahler, de quien Mann era profundo admirador.

con Mann

Mahler acompañado por el escritor Thomas Mann y K. Pringsheim. Munich, 1910

 

En varias de sus obras, Mahler utilizó un lenguaje que perseguía la síntesis de dos géneros aparentemente irreconciliables: el lied y la sinfonía. La orquesta fue su instrumento, el que le mostró el camino por donde conducir su expresión. La voz fue el vehículo de su melancolía, su vida y sus pesares. Su Segunda Sinfonía, Resurrección, incorpora la voz humana y con ella instauró el esquema de la vida creadora del músico: composición de guiones durante los meses de verano, revisión y orquestación de los mismos durante la temporada teatral.

En el breve cuarto movimiento Urlicht (Luz primigenia), se suprime la percusión y una parte del metal, para que sea posible escuchar la voz de la contralto que canta una fe ingenua y sencilla. A continuación, una histórica interpretación en la que la inferior calidad de sonido (la grabación es de 1951) apenas importa ante el irrepetible talento de Kathleen Ferrier con Otto Klemperer dirigiendo a la Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam:

Mahler afirmaba:

“La distancia que lleva hasta el más allá (la muerte) es una condición imprescindible para que se aprecie en su justo valor la especie de fenómeno que represento. Sé muy bien que mientras viva, no se me reconocerá como compositor. Esto se hará sobre mi tumba.”

 

En este “moriré para vivir” está la clave de la Segunda.

Y en la Tercera, Música y Naturaleza, son dos de las fuentes imperecederas en las que bebe la inspiración de Mahler y su espíritu se nutre.

El propio músico se consideraba un “compositor veraniego” a quien, en época estival, sus quehaceres profesionales como director de orquesta, le dejaban tiempo para dedicarse a su pasión por la escritura y el contacto con la Naturaleza.

Naturaleza

Mahler en uno de sus paseos veraniegos

 

Según relato de su buena amiga la violinista Natalie Bauer-Lechner, un día en que se encontraban ambos en una fiesta campestre, rodeados de la belleza de los bosques, los cantos y la alegría populares (incluidas las barracas de tiro, un teatro de marionetas, columpios, tiovivos, una orquestina militar) Mahler exclamó:

“¿Oyes? He aquí una polifonía o yo no entiendo nada de música. Es así, provenientes de todas direcciones, como deben surgir los temas, sin relaciones mutuas desde el punto de vista rítmico o melódico: lo único que debe hacer el artista es ordenarlos y uniros en un todo coherente”.

***

“No tiene usted necesidad de mirar el paisaje”-dijo Mahler a Bruno Walter que lo visitó en esa época- pues yo lo he puesto todo en mi composición”.

 

El compositor sigue una secuencia de ideas bien determinada, que se inicia con “El despertar de Pan y la entrada del verano” y va pasando por los distintos movimientos que narran lo que nos cuentan “las flores del campo”, “los animales del bosque”, “el Hombre (la noche)”, “las campanas de la mañana (los ángeles)”, hasta llegar a “lo que me cuenta el amor”.

Escuchamos, en interpretación de la Filarmónica de Viena, dirigida por Leonard Bernstein (a partir del minuto 34), lo que nos cuenta, con sutileza, flexibilidad y aroma floral, el segundo movimiento, Tempo di Menuetto. Grazioso:

 

Mahler decía,

“Mi música es, siempre y en toda su extensión, un sonido de la Naturaleza”.

Apenas hay imágenes Mahler sonriendo. Es significativo que lo haga junto al mar. Debe ser por cómo suena…

el mar

firma

Lástima no haber estado en un patio de butacas, sucumbiendo al hechizo de Mahler director. Disfrutemos, pues, del compositor.